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“EL TRIUNVIRATO ETICA, LEY Y CUMPLIMIENTO NORMATIVO”

Hace poco discutía con unos amigos sobre la transformación ypositivaciónde la responsabilidad social de las organizaciones (RSO) y durante el debate surgió la eterna disyuntiva entre el deslinde cada vez menos diáfano entre la ética y la ley. A medida que avanzábamos en el debate vimos claro que esa diferenciación entre ética y ley – que antes parecía tan clara- muchas veces puede distorsionar la valoración que hagamos de la responsabilidad social de una organización o de su Conducta Empresarial Responsable (RBC, por el acrónimo inglés de Responsible Business Conduct).

Para justificar la conveniencia de complementar ética, ley e instrumentos de aseguramiento normativo (legal o convencional) necesitaré en primer lugar explicar también sus diferencias. De entrada, parece fácil asumir que es legal todo aquello cuyo cumplimiento resulta obligatorio y que es ético todo aquello cuyo desempeño es voluntario. La ley se acata, guste o no, porque en caso de no hacerse las instancias del Estado fuerzan su cumplimiento. La ética, por el contrario, se aplica voluntariamente solamente porque se considera que es lo correcto y en ese sentido se trata de una convicción profunda que no se necesita de la coerción de ninguna ley que incite a actuar – o a no hacerlo – de tal modo.

¿Pero qué sucede cuando la ley me obliga a acreditar que realmente hago lo que he declarado pública y voluntariamente que quiero hacer (voluntariamente)?Casi parece un trabalenguas y hasta casi un contrasentido pues si hago algo obligado por una ley en realidad ya no sería un acto dentro de la esfera de la ética (que, como hemos visto, siempre es voluntaria) sino simplemente un acto legal (que siempre es obligatorio). Uno no declara públicamente que va a pagar los impuestos o que va a formalizar un contrato de trabajo para sus empleados, pues eso es algo a lo que nos obligan las leyes y se presume que la ley se acata. Lo que sí se puede y debe declarar públicamente es todo aquello que se hace sin existir obligación legal para ello. No se trata sólo de una disposición a la sinceridad, sino de que ésta adquiera el rango de un compromiso público. En ese sentido una empresa puede declarar que quiere que el 50% de sus proveedores sean entidades con algún tipo de sistema de gestión ética. La ley no obliga a ello (de momento) pero una organización, en su libertad y autonomía para seleccionar y contratar proveedores puede decidir incorporar ese criterio. Y si publica y difunde tal política de contratación (en su código ético, en sus políticas o manuales de procedimiento, etc) lo razonable será pensar que está dispuesta a responder, a “dar razones”, de su aplicación. La ley entonces puede obligar a esa organización a responder de tal aplicación (¿qué ha hecho la organización para llegar a ese 50%? ¿cómo ha procedido?). Una parte sustancial del complianceo “aseguramiento del cumplimiento normativo” se mueve en esa tierra de nadie en donde convergen ética y ley, en donde hay que acreditar el compromiso público.

Si nos limitáramos a pensar que son responsables aquellas organizaciones que respetan las leyes de un lugar y en momento dado, creo que estaríamos reduciendo enormemente el ámbito y el valor innovador de la RSO. Por supuesto que lo primero que una organización debe hacer para poder llegar a ser calificada de “responsable” es respetar las leyes a las que está sujeta. Sin ese condicionante ninguna organización puede pretender ser socialmente responsable, pues ni siquiera sería legal. Una organización que no cumpla con las leyes establecidas no puede ser una organización ética; a lo sumo será – parafraseando a Adela Cortina – una organización “cosmética”, que emplea a modo de distracción ciertas buenas prácticas para ocultar su ethósintrínsecamente ilegal.

Recordemos que la palabra ética deriva del ethósgriego y que con ese término Aristóteles aludía al caráctero modo de serde las personas. Y recordemos también que las organizaciones tienen su propio carácter y por esa misma razón las organizaciones tienen una ética o un modo de ser. Antes la denominábamos “filosofía de empresa” y hoy sistematizamos ese carácter (ethós) en la misión, visión y valores.  El mito de la empresa amoralhace tiempo que ha pasado a la historia, aunque todavía continúe siendo defendido por intelectuales de la talla de Compte-Sponville (El capitalismo ¿es moral?, 2004).

El carácter, a diferencia del temperamento que nos viene genéticamente dado, puede ser construido – puede ser mejorado o perfeccionado – mediante la repetición de buenas prácticas, la proscripción o prevención de las malas y la implantación de unos hábitos que a largo plazo sean desarrollados de forma instintiva. Aristóteles tildaba al carácter de “Segunda Naturaleza” porqué podía transformar nuestra primera naturaleza, meramente genética (temperamento).

Pero ¡cuidado! los hábitos pueden ser buenos o malos. En filosofía moral se llaman virtudesa los hábitos buenos para alcanzar una meta y viciosa los hábitos malos (que nos alejan de la meta). Hay que habituarse a hacer buenas elecciones (tener un buen carácter) para lo cual resulta imprescindible el conocimiento previo de los fines y de los valores de la organización (misión, visión, valores). Sin saber cuáles son nuestros valores, es imposible elegir bien¿Cómo vamos a llegar a la meta si no sabemos hacía dónde ir? Y el consenso internacional desde 1948 es que la meta de cualquier organización solo puede lograrse dentro del estricto cumplimiento de los Derechos Humanos[1].

En resumen, la ética es un saber teórico y práctico que nos sirve para actuar racionalmenteen el conjunto de la vida y que nos sirve para aclarar qué es moral (¿Qué?), fundamentarlo (¿Por qué?) y aplicarlo a los distintos ámbitos de la vida, incluida la práctica profesional (¿Cómo?).

Es en ese sentido que la ética ayuda a forjar el (buen) carácter mediante la toma de decisiones prudentes; esto es, mediante la adopción de decisiones que han sido meditadas y reflexionadas, valorándose el impacto (externalidades) que tendrán en la propia organización y en sus restantes grupos de interés, incluso las generaciones aún no nacidas. Decisiones sobre las que la organización tendrá que responder. Se equipara simbólicamente tal responsabilidad con la existencia de un contrato moral. Tal contrato es causa de la ley de hierro de la responsabilidadpropugnada por Davis (“Business Ethics: Five Propositions for Social Responsibility“, 1990): “La sociedad concede legitimidad y poder a las empresas. En el largo plazo, aquellos que no usan este poder de un modo que la sociedad considera responsable tienden a perderlo”. Dicho en otras palabras, la actividad empresarial crea una serie de expectativas en los stakeholders. Esas expectativas se refieren al proyecto corporativo de la empresa, a la actividad que realiza y a cómo la realiza. Si la sociedad, la opinión pública formada a través de estos diferentes grupos de intereses, percibe que la organización responde y cumple (compliance) estas expectativas, aporta entonces la necesaria confianza.

Nada nuevo bajo el sol, salvo que tras más de dos milenios de reflexiones morales finalmente las empresas y otras organizaciones que operan e impactan en su entorno han decidido dar el paso de normalizar la virtudy de tangibilizaralgo tan aparentemente tan intangible como son los valores (esos activos intangiblesque son tan difíciles de piratear o plagiar).

Es ahora cuando las organizaciones están haciendo esfuerzos no solo para publicar o comunicar lo que consideran que es una buena forma de lograr sus objetivos (Kant llamaba a esto “ética de la publicidad”) sino también para acreditar a una sociedad cada vez más cívica que realmente hacen lo que dicen. Y ese equilibrio entre lo que digoy lo que hagoofrece la medida de la coherencia ética de una organización y a mayor coherencia mayor legitimación social(la invisible “licencia para operar”) y cuanta mayor sea esa legitimación más reservas tendrá la organización para competir y más “ahorrará en derecho” (en conflictividad laboral, en absentismo, en reclamaciones, etc). La confianza es directamente proporcional a la capacidad de las empresas para hacer públicas y justificar discursivamente sus acciones, estrategias y políticas.

Y es llegados a este punto cuando empieza a entenderse la fuerza creciente del compliance, entendido como el sistema de gestión y control establecido para garantizar y justificar el cumplimiento por parte de una organización no solo de las leyes y normativas de carácter legal sino también de todas aquellas que hayan sido adoptadas voluntariamente a modo de compromiso público (códigos éticos, políticas y reglamentos internos, guías y manuales de procedimiento, etc).

La RSO, según la entiendo, debe ser motor de cambio, de progresoy de mejoray debería servir de incentivo al legislativo y al ejecutivo (al menos en estados democráticos) para mejorar sus leyes y para situarlas a la “altura moral” de sus ciudadanos (que en democracia también son votantes). Por eso es tan importante fomentar desde todas las instancias – también desde las empresas- una ética cívica encarnada en una ciudadanía mayor de edad que sepa premiar o castigar a aquellos gobernantes que adecuen o no sus leyes y practicas a sus legitimas expectativas. Naturalmente, para que la idea funcione es necesaria una sociedad civil vital y responsable, que no quede des-moralizadapor la saturación mediática de malas prácticas y que–parafraseando a Fromm- viva sin miedo a la libertad.

Pero no olvidemos que los valores no son estáticos e inmutables. La Moral Crítica Universal puede cuestionar las normas y principios vigentes.El ámbito de la moral crítica es más amplio que el de las Leyes o el Derecho positivo y, al menos en los estados democráticos, suele inspirar sus cuerpos legales nucleares o constituyentes. Nadie concebiría hoy en ningún estado democrático una Ley que consagrara expresamente ciertas discriminaciones raciales o religiosas; entre otras cosas porque no contaría con el apoyo de la gran mayoría del electorado. De ahí la importancia de las nuevas tendencias de RSO que, al cabo, no dejan de inspirar nuevas medidas legales tendentes a una adaptación de las Leyes a la “conciencia moral” de su sociedad. De ahí que el impulso político de la RSO no deja de ser también una retroalimentación para el saneamiento y mejora del gobierno y de la administración pública, aunque esto – como escribiría Kipling- ya es otra historia.

Resumiendo, creo que la complementariedad entre Derecho y Ética se fundamenta en las siguientes razones:

  1. Las leyes no siempre protegen todos los derechos que son reconocidos por una moral cívica o crítica
  2. Generalmente las “costumbres” evolucionan más rápidamente que el Derecho y a menudo lo inspiran a través de una ética dialógica (al menos en las sociedades abiertas y democráticas). Las reformas legales son lentas y una sociedad no siempre puede esperar a que una forma de actuación esté recogida por una ley para considerarla correcta. Por esa razón la ética muchas veces se anticipa y se superpone al derecho.
  3. Las leyes no contemplan todos los casos particulares que, sin embargo, requieren una orientación; actuando en estos casos la ética como una “brújula” que indica el norte (Kant)
  4. Positivar o juridificartodas las facetas de la vida no solo es lento sino también caro y, en ocasiones, un rasgo característico de los estados totalitarios o autoritarios como nos recordó Orwell con ese Gran Hermanoque todo veía y regulaba en 1984.

Fernando Navarro García

Director de HAC Group

Vicepresidente de Ética y RSC de la la Fundación Inspiring Committed Leaders Foundation (ICLF)

[1]Los Principios Ruggiede Naciones Unidas (2005) y el reciente Plan Nacional de Acción de Empresas y Derechos Humanos(2017) inciden claramente en este aspecto.

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